El concepto de ilustración oscura (dark enlightment) se contrapone con la ilustración tradicional o clásica en que mientras tras esta prima la razón colectiva y la acción basada principios morales deseables como la libertad, la justicia y la igualdad, aquella busca la eficiencia técnica a través de la autoridad jerárquica. La ilustración clásica está en la base del sistema capitalista occidental, y fue la piedra sobre la que se construyó la democracia liberal, que dio lugar a estados de corte social y proteccionistas en grado variable. Podríamos pensar que antes de la ilustración y la revolución industrial la humanidad vivía en tiempos de oscuridad bajo el manto de las creencias religiosas, el feudalismo y el absolutismo monárquico. Pasamos del teocentrismo al antropocentrismo.
La ilustración clásica es hija de Europa, nació de la filosofía renacentista que hunde sus raíces en el pensamiento helénico, que a su vez moldea buena parte del sistema de valores que dio lugar al pensamiento judeocristiano, la placenta en la que crece la idea de Europa. Ello explicaría la identificación occidental con el sistema de valores europeo, del cual se derivaron los de Estados Unidos, que quizás tienen más vida propia de la que podemos imaginar.
La ilustración oscura aparece en Estados Unidos como una ideología que cuestiona el sistema político prevalente de la democracia liberal como medio para liberar al capitalismo de las garras del movimiento woke y de la burocracia estatal y administrativa que se ha construido al amparo de los sistemas democráticos y el equilibrio de poderes. La ilustración oscura tiene exponentes como el filósofo Nick Land, Curtis Jarvis o Peter Thiel, conocido magnate digital y uno de los propietarios de Palantir, una de las compañías de referencia del Pentágono para el desarrollo de sistemas cibernéticos. Sus teorías abogan por el aceleracionismo económico -e incluso biológico- , y creen que la democracia está desfasada como sistema de gobierno y toma de decisiones en la era digital en la cual nos adentramos cada vez más. En esencia piensan que el PIB está frenado y que puede incrementarse mucho la riqueza global abandonando la democracia, y gestionando el país como si fuera una compañía.
La ilustración oscura es una respuesta de la extrema derecha de Estados Unidos a la incapacidad del modelo actual, al menos bajo los demócratas, de competir contra el ascenso imparable de China como sistema económico alternativo. El movimiento de la ilustración oscura es un pensamiento que tiene raíces libertarias, anarquistas y religiosas, y ha encajado bien con el movimiento MAGA, abogando por el tecnofeudalismo – término popularizado por Yannis Varoufakis en su libro homónimo -. Las grandes empresas tecnológicas de Estados Unidos, artífices de la mayoría del crecimiento del PIB norteamericano y responsables de la mayoría de inversiones y desarrollos en infraestructuras tecnológicas ligadas a la IA, verían reducidas sus trabas para seguir creciendo con una regulación anticompetencia laxa, incrementando aún más su impulso de la actividad económica. La contrapartida es una creciente connivencia con el poder político y con el aparato de funcionamiento estatal, cada vez más evidente.
En el extremo, fuentes informadas vinculan el interés de Trump por Groenlandia con el intento de desplegar estas estrategias en una tabla rasa – lo llama un “simple pedazo de hielo” -, idea soportada otra vez por Peter Thiel y su empresa Praxis, para experimentar con diversas tecnologías sin estar sometido a las leyes de Estados Unidos (ver iniciativas como la propia Praxis o el Seasteading Institute).
China tiene su propio sistema de gobierno basado en la disciplina de su cultura en torno a la férrea dirección del competente Partido Comunista chino, al cual los gigantes tecnológicos chinos llevan tiempo supeditados. En poco más de 25 años han superado en muchos ámbitos a Estados Unidos, país que emergió como ganador de la Segunda Guerra Mundial y hegemón incontestable desde la final de la Guerra Fría.
Pese a la burocracia del sistema chino – al menos para los occidentales – y la corrupción en distintos niveles, este no parece haber sido un freno para que rebasen continuamente previsiones ambiciosas de liderazgo y autonomía en sectores estratégicos. Cuando menos hay que rendir tributo a la capacidad de China de responder a un entorno económico y político global cambiante con una enorme resiliencia, especialmente desde la crisis de Lehman Brothers. Los chinos están orgullosos de su país y regresan por oleadas tras haberse formado en el extranjero y cada vez mejor en sus escuelas y universidades. Encuentran en China un lugar donde desarrollarse, aunque sea sin libertad y con la seguridad relativa que les otorga un sistema que les controla, pero que les aporta una tranquilidad y predictibilidad compatible con su idiosincrasia y sus ambiciones.
Quizá lo que está cambiando en buena parte de occidente democrático, y comienza a ser explícito en Estados Unidos, son los retos de la democracia para adaptarse a los nuevos tiempos y nuevas reglas. Los sistemas de contrapesos, los equilibrios parlamentarios, el gigantismo y complejidad de las estructuras federales y estatales obsoletas, no son las armas que dan flexibilidad en la competición en la defensa de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Por supuesto, en la política estadounidense siempre hay un elemento en la personalidad de Trump que la aleja de cualquier guión predecible.
Porque quizá estamos en una lucha entre modelos que persiguen el mismo objetivo, tras la evidencia de que China puede ser la nueva Atenas, y de que Estados Unidos – y occidente detrás – es la Esparta que se resiste a ver su hegemonía supeditada. Aunque quizá hay que contemplar un mundo de alianzas móviles y multialineamiento como propone Mark Carney y llevan tiempo ejecutando países como la India.
A la Unión Europea la ilustración oscura le coge con un pie cambiado, atrapada en una soberanía compartida, con intereses asimétricos en los distintos países, subsidiaria en tecnologías digitales, acosada por la Rusia de Putin, y menospreciada por la política exterior de Trump. Las posiciones políticas europeas revisten en este entorno una complejidad que no tienen los países integrados, que no pertenecen a un bloque económico y político a medio construir. Los informes Letta y Draghi, desarrollados en una medida mínima años después de su publicación, han de ser seguramente revisados en su alcance y sobre todo expeditados en su ejecución.
