Las Navidades y el Año Nuevo son en la cultura occidental época de buenos deseos y tiempo de nuevos propósitos para el año que comienza. Para 2026, no es posible evitar un balance geopolítico tras el primer año del segundo mandato de Trump en la Casa Blanca.
Hace un año escribí sobre el carácter mediático de la presidencia de Trump, una persona que se siente predestinada a tener un papel protagonista en la Historia y que sin duda lo está consiguiendo por la trascendencia de las acciones de política exterior que ha acometido durante 2025, y que parece que van a continuar en 2026.
Durante 2025, la administración Trump ha consolidado la división interna en el país, con una política antiinmigración que no ha sido una sorpresa, sino el reflejo de sus promesas electorales. En política exterior, la presidencia norteamericana publicó recientemente la estrategia de seguridad nacional de EEUU donde América First se detalla con toda nitidez y avisa que Estados Unidos no dudará en usar el poder blando, o duro, para modelar el mundo a la medida de sus intereses económicos y geopolíticos.
Ha impuesto el acuerdo de paz en Gaza, deteniendo las incursiones del ejército israelí aunque sigue el proceso de ocupación, de forma lenta, pero imparable, con el objetivo de que Israel domine toda la Franja, creando un buffer de naciones árabes alrededor que han detenido sus críticas contra Israel, enlazados por acuerdos económicos con la administración Trump: no ven necesario compartir religión o doctrina, con compartir interés económico parece ser suficiente de momento. Los países árabes ricos han comprometido inmensas sumas de inversión en EEUU, y a cambio el poder militar de EEUU les mantiene.
Porque EEUU ha impuesto el valor tecnológico de su ejército en los conflictos donde se usa su armamento. Ucrania estaría derrotada desde hace años si no fuese por la tecnología militar y civil aportada por empresas de EEUU. Israel es el principal cooperador tecnológico de EEUU en materia de defensa. Los países ricos del Golfo tienen la tecnología militar más avanzada, con excepción de la que usa el propio ejército de EEUU, y por supuesto, los países aliados en el sudeste asiático están en la misma situación.
Reeditando la doctrina Monroe, las reclamaciones territoriales de EEUU en defensa de su seguridad estratégica son cada vez más amplias. Puede demandar la anexión de Groenlandia (o un acuerdo amplio de extracción gratuita de minerales), hacer lo propio con las tierras raras en Ucrania, o exigir la primacía de contratos para las empresas norteamericanas en la reconstrucción de Gaza o de Ucrania, llegado el momento. Trump busca activamente buffers, económicos, tecnológicos, geográficos, estratégicos, márgenes de actuación amplios en aras de la seguridad nacional de EEUU.
La invasión de Venezuela y la deposición por la fuerza de Maduro y su detención para ser juzgado por narcotráfico es la más reciente muestra de la desidia de Trump por la legalidad internacional y sus instituciones multilaterales. Trump quiere imponer America First en cualquier aspecto que beneficie a EEUU, y lance los mensajes adecuados a los que declara enemigos: la Unión Europea, China y Rusia, los únicos poderes que pueden hacer sombra a sus aspiraciones.
De la Unión Europea abomina que no puede hacer lo que él quiere con un mercado que considera lacayo y que tiene más consumidores que EEUU. Trump quiere una Europa dividida, con estados pequeños (en comparación con EEUU), que sean un mercado sin restricciones para su industria de defensa y para las corporaciones tecnológicas. Rechaza toda la legislación y el trabajo de la Comisión Europea porque supone un intento de organización colectiva fuerte de Europa, dificultando sus ambiciones económicas en Europa. Trump de hecho quiere tratar a Europa como extensiones transoceánicas de los Estados Unidos de América. Europa, con el Reino Unido y una Unión Europea con una gobernanza imposible de 28 naciones cada vez más polarizadas políticamente, no tiene ni los líderes, ni el coraje, ni la tecnología para defenderse de la agresión norteamericana.
China es el gran contrapoder de EEUU en el mundo, y lo que Trump hace siempre trata de mandar un mensaje a China (y a Rusia). Tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, EEUU siempre ha sido un país intervencionista en asuntos de otros países en su lucha contra la extensión del comunismo de la Unión Soviética, pero no existen registros históricos de acción exterior equivalente de China hasta el momento. Quizá su ideología confuciana influye en su forma de actuar, pero sin duda la actuación de Trump es cada vez más molesta para una China que necesita del resto del mundo como mercado para dar sentido a su enorme capacidad de ofrecer productos y servicios al mundo. Hoy por hoy, China corteja mejor que EEUU a los países importantes del Sur Global, países como India, Brazil, Sudáfrica… que pueden desequilibrar la balanza geoestratégica. Por ello EEUU tiene prisa por imponer su agenda y enseñar los dientes en el proceso.
Rusia es un gigante con pies de barro, pero es al tiempo el país más extenso del mundo, rico en materias primas, con mucha frontera con el mar Ártico, y dominado por una elite de hierro con Putin al frente. Sobre todo, posee capacidad de disuasión nuclear, lo que eleva su estatura intimidatoria en cualquier conflicto, como se está viendo en Ucrania. Rusia no puede hacer exteriormente mucho más que desestabilizar países, pero no ofrece, como EEUU o China, ningún modelo económico o social tentador.
Posiblemente no hay otra época mejor de la historia en la que mirarnos que los momentos previos a la Primera Guerra Mundial. Un momento de primacía y fortalecimiento de las identidades nacionales, que en búsqueda de territorio arrasaron Europa en dos ocasiones en el siglo pasado. En ambos casos, EEUU resultó vencedor, porque aportó recursos materiales y humanos que luego se cobró bien de los vencidos. Venció porque convenció, ganó legitimidad con su defensa de los valores y no humilló. Hoy, el EEUU de Trump está cultivando el miedo, la desconfianza y la desafección, los peores enemigos cuando se pierde la mano.
