La IA exige más Antropología a la Sociología

A mediados del siglo XIX, Auguste Comte acuñó el término «Sociología» en un contexto de profunda tensión. No se trataba de la ambición de fundar una disciplina nueva, sino de una necesidad. La Revolución Francesa había desmontado el orden político del absolutismo y abierto paso, con enorme fricción, a los regímenes liberales y representativos. La Revolución Industrial, casi en paralelo, estaba desplazando a poblaciones enteras del campo a la ciudad, sustituyendo el taller artesanal por la fábrica, y creando unas nuevas clases —burguesía industrial y proletariado— que no encajaba en las categorías del Antiguo Régimen. Comte, y tras él Durkheim, Marx o Weber trataron de responder a una realidad que exigía nuevos instrumentos conceptuales para ser comprendida.

Creo que estamos ante una situación análoga, pero de una intensidad superior. La disrupción tecnológica que entonces fue la máquina de vapor es hoy la inteligencia artificial (IA). Y del mismo modo que el vapor no se limitó a transformar los telares (con la reacción de los luditas), sino que reorganizó la relación entre trabajo, capital y territorio, la IA no se está limitando a automatizar tareas: está reconfigurando qué es el trabajo, cómo se remunera el capital, y qué formas adopta la desigualdad. Las discusiones actuales sobre la sustitución de empleos cualificados, la concentración de rentas, riqueza y poder, o sobre la brecha entre quienes saben usar la IA quienes no, son la versión contemporánea de aquel desplazamiento del campo a la fábrica.

Pero el punto que más me interesa desarrollar desborda el marco estrictamente sociológico para adentrarse en el terreno de la antropología: el modo en que la IA está empezando a transformar la relación entre las personas[1]. Comte, Durkheim o Tönnies se preocuparon por cómo la industrialización y la urbanización alteraban los vínculos sociales —el tránsito de la Gemeinschaft a la Gesellschaft, de la comunidad a la asociación, de la solidaridad mecánica a la orgánica—. Hoy asistimos a una mutación distinta y en cierto modo más radical: la aparición de interlocutores no humanos —asistentes conversacionales, compañías artificiales, sistemas que simulan empatía y comprensión— como parte habitual del tejido relacional de las personas. No se trata solo de que la tecnología medie nuestras relaciones humanas, como ya hacía el teléfono o las redes sociales, sino de que la tecnología misma se ofrece como sujeto de relación —lo que Yuval Noah Harari, en Nexus (2024) (desde aquí podrás ver mi vídeorreseña), describe como el tránsito de una competencia por nuestra atención a una competencia por nuestra intimidad—. Esto plantea preguntas que la sociología clásica no tuvo que formular: qué ocurre con la confianza, con la reciprocidad, con el reconocimiento mutuo cuando una de las partes de la relación no es, en sentido estricto, otro sujeto.

Esta es la línea que quiero desarrollar: no tanto (o no solo) los efectos económicos de la IA, sino esa dimensión antropológica del cambio en la forma de relacionarnos, y lo que puede significar para conceptos sociológicos centrales como el de vínculo social, comunidad o reconocimiento. No se trata de multidisciplinariedad —de que la Sociología y la Antropología coexistan como compartimentos separados que se consultan puntualmente—, sino de transversalidad: la nueva Sociología que necesitamos para entender la IA tiene que llevar la mirada antropológica dentro de su propio instrumental analítico, no como una disciplina auxiliar a la que se recurre cuando el análisis económico o político se queda corto.

En conclusión, la Sociología nació a mediados del siglo XIX, con Comte, para explicar las transformaciones derivadas de la Revolución Francesa —como el declive de los autoritarismos y la consolidación de los regímenes liberales— y de la Revolución Industrial —especialmente en el plano económico y social—. La irrupción de la IA reactiva estas preocupaciones, pero exige algo más que sumar una disciplina a otra: exige una Sociología transversalmente antropológica, capaz de comprender las dimensiones culturales, simbólicas y prácticas de los cambios que estamos viviendo y los que vendrán.

¿Qué cambia cuando las personas empezamos a establecer relaciones con entidades que no son humanas pero sí participan de nuestra vida social? Quizá esa sea la pregunta que la Sociología deba responder a partir de ahora. Y para hacerlo no bastará con dialogar con la Antropología: tendrá que hacer suya la mirada antropológica. Porque ya no se trata solo de comprender cómo cambia la sociedad, sino de comprender cómo cambia nuestra forma de estar en ella cuando dejamos de relacionarnos exclusivamente con otros seres humanos. Transversalidad y no solo multidisciplinariedad.

[1]Ya en 2020 apuntaba una intuición cercana a esta en una reseña sobre el libro Alfas y Omegas. Guía para un liderazgo incluyente (Mercè Brey y Victoria Yasinetskaya), publicada en Empresa Global bajo el título «Cuanta más IA, más IE«. Aquella reflexión, sin embargo, partía de una IA-herramienta —automatización y digitalización que exigía revalorizar la inteligencia emocional en el liderazgo para relacionarnos mejor entre humanos—, mientras que el interés que aquí planteo es distinto: una IA que se ofrece ella misma como interlocutor, no solo como catalizador de mejores relaciones humanas.

2 COMENTARIOS

  1. Muy interesante reflexión, David. Parece claro que si la maquina de vapor supuso una revolución social, las transformaciones a nivel emocional que está trayendo la IA tendrán consecuencias inimaginables hoy

  2. Ese es el punto. La transformación en la forma en la que los humanos nos relacionaremos entre nosotros pero, también, la forma en la que nos relacionemos con la IA: ¿sabremos cómo comportarnos con la IA pero no con los humanos?, ¿trataremos mejor a la IA que a una persona?, ¿nos fiaremos más de la IA que de un humano?, ¿seremos más sinceros con la IA que con un humano?

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David Canohttps://www.elalcazardelasideas.es/
David Cano Martínez 46 años, casado y con 3 hijos. Licenciado en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y Máster en Finanzas Cuantitativas por Afi Escuela de Finanzas es socio de Analistas Financieros Internacionales y Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, empresa especializada en la gestión de carteras y el asesoramiento a inversores institucionales, fondos de inversión y fondos de pensiones. Más de 20 años de experiencia profesional en análisis económico internacional y gestión de carteras. Coautor de una docena de libros de mercados financieros y economía y de más de un centenar de artículos sobre macroeconomía, gestión de carteras, activos financieros, fondos de inversión, derivados, política monetaria y finanzas empresariales. Es profesor de los más prestigiosos centros de postgrado en finanzas españoles, entre ellos, Afi Escuela de Finanzas, y colabora habitualmente en los medios de comunicación. Tweco en la sección mercados financieros de forma ininterrumpida desde 2016 (@david_cano_m). Miembro del jurado de los premios Knowsquare y del Club de Lectura Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado (L7dP).

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