Buscando a Frodo

A nadie se le escapa la moraleja que sobrevuela toda la saga de “El señor de los anillos”: el poder absoluto corrompe. Corrompe a cualquiera que lo tenga y, además, convierte a quién lo ostenta en odiado enemigo para todos aquellos que no lo tienen.

El poder absoluto nace de la invisibilidad, del hecho de poder estar en cualquier sitio, y de controlar desde ahí al resto de los instrumentos de poder. Nadie está a salvo de su maldición, ni de la tentación de utilizarlo si lo tiene a su alcance. Su poder sólo sirve al poder mismo y termina por desgastar a quién lo ejerce temporalmente.

Es un argumento que también aparece en la película animada “Heavy Metal” (1981) en forma de esfera verde fosforescente esta vez.

Por eso, precisamente, hay que encontrar a Frodo. Necesitamos un mediano tan débil como para que le resulte muy difícil emplear ese poder por sí mismo, tan íntegro como para resistir breves momentos de tentación, tan consciente de su labor como inconsciente de su poder. Y tendremos que ayudarle a llevar a cabo su tarea desde la humildad y la lealtad de Sam.

Porque, en la monumental obra de Tolkien, hay un malo malísimo que todo lo ve y que es capaz de crear orcos del barro. Sauron tendría hoy nombres distintos dependiendo de quién escribiera la historia. Pero los miembros poderosos de la “compañía del anillo” tampoco serían portadores fiables de la fuente de poder. De hecho, ansían y temen incluso el más mínimo contacto con el anillo por la tentación irrefrenable que supondría.

No importa mucho si se trata del cowboy belicoso iluminado por la sabiduría de Gandalf y que, en muchas ocasiones, parece amenazar con convertirse en el protagonista de la historia. O si es el elfo de valores y cultura milenaria, y un tanto blandito para el gusto de algunos. O el rudo enano avaro que vivió con su pueblo tiempos mejores. Ni siquiera el mismo Gandalf, el gris, se atreve a acometer el reto por sí mismo.

El anillo, en manos de un mediano, termina en las profundidades de una cueva para disfrute de su portador; su tessssoro devora y contamina a Smeagol para convertirlo en el friki Gollum fagocitándole. En otras manos, en otro dedo, el anillo consume el mundo fuera de la cueva.

Un anillo único para dominar a todos los anillos menores que han mantenido el equilibrio en el mundo. Un anillo para tener el poder, no un poder.

¿Alguien se ha preguntado qué pasaría en “Los inmortales” (Highlander) cuando solamente quedase uno? Un inmortal entre mortales, sin contrapoderes, sin pares, sin límites.

¿Alguien no se ha preguntado qué pasaría si alguna potencia (o empresa) alcanzase la ansiada supremacía tecnológica? La inteligencia artificial, la capacidad de computación y la omnipresencia de los dispositivos que registran nuestros datos no tienen precedentes ni equivalentes en la historia. No son un paso más respecto de las enormes colecciones de inteligencia que se acumulaban hasta ahora. Ni cuantitativa ni cualitativamente.

La base de datos de una empresa como ClearView, miles de millones de imágenes, más que decuplica la del FBI o centuplica la de los cuerpos policiales de cualquier estado norteamericano. Imágenes extraídas de las redes sociales y de otras plataformas privadas, que también las tienen y que comercian con ellas. Mis imágenes y las de todos nosotros. Mejor dicho, las imágenes de mí y de todos nosotros, que el posesivo hay que usarlo con cuidado en estos casos.

Porque lo fundamental -con ser importante- no es quién tiene la propiedad de las imágenes, sino qué alma han capturado. Quizás aquellos pueblos primitivos que sospechaban que una fotografía te robaba parte del alma tenían su parte de razón.

La importancia de los datos tiene que ver con el ser, más que con el tener. Al regalar, vender o perder nuestros datos no estamos sólo privándonos de una propiedad, sino que estamos renunciando a nuestras propiedades, a nuestras características distintivas, a nosotros mismos.

Nos estamos volviendo orcos adocenados que operan en manadas informes al servicio de su señor Sauron bajo la vigilancia permanente de su ojo que todo lo ve. No parece haber alternativa al poder oscuro ni jedis que nos rescaten.

Quizás estemos llegando al momento en que sí podamos engañar a todos permanentemente en lugar de confundir a todos durante un tiempo o a unos pocos para siempre. La diferencia es la misma que la que hay entre un anillo y el anillo único.

Igual también hace falta que Frodo lleve el anillo hasta el centro mismo del poder en que fue fraguado para arrojarlo allí y que se funda en la lava de la que surgió. Que tengamos que volver a las raíces más profundas de esta nueva dimensión que hemos creado, con humildad, arrastrándonos en los últimos tramos, a devolver al fuego lo que amenaza con consumirnos.

Forjar de nuevo herramientas en lugar de construir mundos. Volver al eterno castigo prometeico de reconstruir lo que las alimañas van devorando, a nuestra condición de simples humanos (o hobbits), a los equilibrios inestables, al dinamismo, aunque acabe llevando a la guerra y a la revolución. La vida es movimiento, alternativa, diferencias de potencial. El anillo único es sujeción, estatismo…y muerte.

 

Nota: Este texto se elaboró para formar parte de Un mundo falaz (Ariel, 2026), aunque quedó fuera de la revisión final.

Ángel Gómez de Ágredahttps://www.elalcazardelasideas.es/
Ángel Gómez de Ágreda (Salamanca 1965), casado y padre de dos hijos. Coronel del Ejército del Aire, diplomado de Estado Mayor, doctor en Ingeniería de Organización por la UPM, máster en terrorismo, diplomado del European Security and Defence College y experto en Seguridad de Vuelo por la Universidad del Sur de California. Paracaidista y piloto militar. Fue, entre otros destinos, jefe de la Patrulla Acrobática de Paracaidismo del Ejército del Aire, jefe del 353 Escuadrón del Ala 35 en la Base Aérea de Getafe, profesor del Centro Superior de Estudios de la Defensa (CESEDEN), jefe de cooperación del Mando Conjunto de Ciberdefensa y jefe del Área de Análisis geopolítico del Ministerio de Defensa. Ha participado en misiones internacionales en la antigua Yugoslavia, Afganistán y Senegal. Es miembro de la Junta y co-fundador del Observatorio del impacto social y ético de la inteligencia artificial (OdiseIA), académico correspondiente de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares (ACAMI), jurado de los Premios Knowsquare y consejero del Observatorio Jurídico Aeroespacial. Profesor invitado en numerosas universidades, conferenciante y divulgador, autor de numerosos artículos y publicaciones académicas, y de "Mundo Orwell. Manual de supervivencia para un mundo hiperconectado", de la editorial Ariel/Planeta, Premio Knowsquare al mejor libro de empresa 2020.

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