¿Pagaríamos por un internet libre?

Uno de los comentarios más extendidos hoy es que las grandes compañías tecnológicas se han apropiado de internet, ya que las BigTechs americanas y chinas (sobre todo las llamadas GAFAM y BAT) dan el acceso a la web y ofrecen las aplicaciones que usa el 80% de la población activa en internet, ganando dinero con nuestros datos. Pero, ¿estaríamos dispuestos a pagar por un internet libre, donde no pagásemos con nuestros datos?

Internet y la Web

Hay que distinguir entre comunicaciones y aplicaciones. Internet es el protocolo de comunicaciones cifradas estandarizado que surgió del programa militar de Arpanet y que Tim Berners-Lee lanzó a la esfera civil en 1991 con la creación de la WWW.

La World Wide Web es el protocolo de mensajes cifrados html (la llamada Web1), que dio lugar a las aplicaciones y apps que hoy, partiendo de datos en la nube, ofrecen las redes sociales o el comercio electrónico entre otros muchos servicios (la llamada Web2). La diferencia de rentabilidad entre comunicaciones y aplicaciones ha sido una dura lección para las operadoras telefónicas, relegadas a un papel secundario de proveedores de acceso a internet ya en la primera década del siglo.

Ahora se habla de la Web3, un concepto sobre el cual aún no hay un consenso absoluto.

La Web3 sería la nueva arquitectura de la web usando no ya protocolos de mensajes sino cadenas de bloques o blockchain y criptografía avanzada (internet del valor), de forma que las personas se identifican por direcciones electrónicas pseudo asociadas a identidades personales.

La Web3 teóricamente descentraliza los datos respecto de la concentración que la Web2 ha permitido en las grandes corporaciones digitales. Si el dato digital es valioso, una pregunta relevante es quien se repartirá la tarta en la Web3, si serán nuevos dominadores tecnológicos o los actuales controlando la Web3.

Hay incontables libros con una misma teoría: el pecado original de internet fue que era gratis (sección “promesas rotas”, del libro “Error 404”, de Esther Paniagua). Los protocolos inventados por Tim Berners-Lee eran gratuitos y abiertos, y por tanto, se dice, las GAFAM o BAT tuvieron que construir encima servicios que para facturar debían conseguir adopción de usuarios y con los datos de los usuarios, su monetización o conversión en ingresos a través de la publicidad. Esto es fundamentalmente cierto en el caso de Facebook y Google, a medias en el caso de Amazon y no tanto en el caso de Apple y Microsoft, aunque las tres últimas se han beneficiado del incremento de la actividad online creado por la venta a anunciantes de datos de Facebook y Google. Microsoft, Apple y Amazon no serían quienes son sin Facebook y Google.

Wikipedia es uno de los pocos supervivientes de la internet utópica y no colonizada por la Web2. Es un espacio de colaboración abierto, libre de anuncios y sin ánimo de lucro de forma que los datos de navegación no se comparten con nadie. Wikipedia es gestionada por la Wikimedia Foundation, cuya principal fuente de financiación son las donaciones.

El negocio de los datos en la Web2

La base del modelo de las GAFAM (y BAT) son los datos. Amazon usa los datos para una experiencia inmersiva y compulsiva de compra (igual que Netflix). Apple vende dispositivos y su sistema operativo para el desarrollo de apps, y Microsoft, además de su propia nube en la que compite con Amazon, aporta soluciones empresariales con sus aplicaciones, además de tecnología y dispositivos para juegos. Pero para Google y Facebook la monetización de los datos es hoy una cuestión existencial. La impopularidad social de la extracción de los datos les ha llevado incluso a anunciar cambios en su modelo de negocio y en su marca corporativa para proteger su imagen (Google por Alphabet, Facebook por Meta Platforms).

Surgen en este punto dos preguntas vinculadas:

  • ¿Podría haber despegado la Web1 si no hubiese sido gratis?
  • ¿Podrían las GAFAM y BAT haber elegido otro modelo económico que no hubiera sido la captura de la atención de los usuarios y la venta de los datos a los anunciantes?

Todos sabemos que ante la novedad, la resistencia al cambio predomina en los humanos. ¿Por que complicar la vida si con lo que tengo me vale? No valoramos algo hasta que lo usamos, lo comparamos con lo que tenemos, y no nos basta una visualización en abstracto de lo que podría ser. Convertir una idea en realidad es la misión de los creadores, de los inventores y de los emprendedores, que ponen su tiempo, mente, formación y capital en juego para a través de prueba y error, generar una solución a un problema existente, o quizá algo nuevo que los usuarios aprecian, aunque antes no existiese nada parecido.

En una palabra, se necesita ese empujón o nudge que en la Web2 han representado los GAFAM o BAT.

Esto da lugar a toda una serie de efectos colaterales, y es que el poder de mercado e influencia de estas compañías ya supera al de los estados. Los Estados Unidos no podrían prohibir mañana el modelo de negocio de Google o de Facebook, porque la gente se rebelaría contra la pérdida de sus servicios. Dada la interconexión entre todas las GAFAM o BAT, tal prohibición llevaría aparejada una caída fulminante del precio de todas las tecnológicas y un apagón digital. ¿Para que querríamos un smartphone sin información y conexión con las personas?

¿Podrían estas compañías cambiar su modelos de negocio para depender menos o marginalmente de los ingresos por publicidad? Sin duda es lo que están haciendo, si bien no está claro si la publicidad seguirá alimentándose de datos enriquecidos por experiencias aún más data rich como pueden ser los metaversos del futuro.

Pero aún más complejo, ¿cuál debería ser el precio de los servicios prestados por Google o Facebook si no vendieran sus datos a los anunciantes? Sería imposible poder un precio individual o colectivo a los distintos micro-servicios que integran su oferta, y además, la incertidumbre sobre su aceptación haría resentirse las inversiones en innovación de estas compañías, que permiten una experiencia de usuario de la cual, en general, todos estamos bastante satisfechos, aunque reconocemos que son ladrones de nuestra atención. Pocos querrían vivir sin buscadores o redes sociales, o sin información online. En el libro “De cero a uno”, Peter Thiel, ex asesor de Donald Trump en tecnología, argumenta las ventajas de la centralización tecnológica en las grandes corporaciones, porque la escala permite inversiones de innovación masivas que a su vez se retroalimentan en más mejoras. La falta de escala en el mundo de internet condena a la irrelevancia y el ostracismo digital.

Regulación y educación

Con ello no pretendo justificar el poder de mercado, que aún podría crecer más, de las grandes plataformas tecnológicas. Solo la regulación puede atemperar el crecimiento de sus modelos de forma que se preserve el interés de las personas y no sólo de sus cuentas de resultados. No sé si una fragmentación forzada de estas compañías dentro del paquete antitrust como defienden algunos senadores de EEUU conseguiría el objetivo sin que los usuarios perdieran servicios. Incluso el llamado splinternet ya está causando fragmentaciones forzadas por la geopolítica y disminuyendo la tarta de mercado mundial de las grandes tecnológicas, creando operadores nacionales o regionales. En el capitalismo de vigilancia de Shoshana Zubboff no están solo interesadas las grandes corporaciones, sino también los estados, que cada vez quieren saber más de los ciudadanos. La WWW es cada vez más una RWW (Regional Wide Web), al menos en China (que es hoy la mayor intranet del mundo) o en los países que tengan la capacidad de generar estos gigantes, que no son tantos. Pero sí puede haber apagones de internet que impidan el acceso a la WWW como pasó recientemente en Khazakstan.

Que los datos y los algoritmos producen discriminaciones es ya sobradamente conocido y que los programadores deberían introducir criterios éticos es algo bienvenido (véase el documental de Netflix “The social dilemma”), pero ello no cambiará el modelo de monetización que hoy es la base de los ingresos de las tecnológicas clave en la materia.

Hemos de entender que su negocio de información es B2B2C. Google y Facebook trabajan con casi todas las empresas del mundo que se quieren anunciar para llegar a los clientes o usuarios finales y esto es muy potente. El sueño de la economía colaborativa donde los recursos excedentes o el trabajo de personas se ponía en red y se vendía beneficiando a los usuarios ha hecho posible modelos de plataforma como Uber o Airbnb. Pero al final son las plataformas los principales beneficiados ya que usan los datos con propósitos múltiples, incluyendo la venta anonimizada a anunciantes de servicios colaterales de Uber o Airbnb. Con ello, refuerzan la navegación online de los usuarios generando aún más datos.

Las ideas más utópicas, que no significa que sean irrealizables, abogan por una soberanía individual de los datos y la privacidad, algo así como lo que para algunos representa Bitcoin: una moneda o activo privado en el que las personas tienen confianza y que se usa para intercambiarse entre pares a cambio de bienes y servicios. En la base, tengo claro que una educación en el uso responsable de internet para mantener el pensamiento crítico es la mejor defensa contra la intromisión de los modelos invasivos de nuestra atención de la Web2 y la Web3.

La Web3 está por desarrollarse. Su expresión más visible son los metaversos. Los metaversos tienen su origen en las experiencia avatarizadas de los juegos virtuales. Pero debajo, en la infraestructura ahora en construcción de la Web3, batallas de apropiación de datos se seguirán dando de forma similar a la Web2.

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Enrique Titos
Enrique Titoshttps://www.elalcazardelasideas.es/
Enrique Titos Martínez, (Granada, 1960). Casado y padre de 4 hijos. Economista graduado en UAM Madrid, postgrado en IESE Business School y en Kellogg Business University (EEUU). Ha desarrollado una trayectoria directiva en seis grupos financieros, el último en Barclays Europa y siempre relacionado con áreas financieras, de tesorería y seguros. Actualmente realiza consultoría e inversiones en proyectos relacionados con cambio de modelos de negocio por razón de la tecnología, tras reorientarse con cursos sobre Fintech y Criptomonedas en el MIT, formaciones digitales y de consejos de administración en The Valley DBS y Escuela de Consejeros. Es Consejero Asesor en la empresa Fellow Funders, Consejero Independiente de QPQ Alquiler Seguro SOCIMI y promotor de Consejos Asesores de Innovación Abierta (CAIA) en compañías establecidas como CASER Seguros. Miembro del Consejo Académico de la Fundación Fide, Director del Grupo Dinero Digital y Sistemas de Pago de Fide, Jurado de los Premios Knowsquare y fundador del Club de Lectura Know Square, y del Cineforum Mensajes de Cine.

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