La inteligencia colectiva colaborativa

Mucho se ha escrito sobre inteligencia y si hay que explicar qué significa me quedo con la capacidad de “discernir”, de elegir entre distintas opciones tras realizar un análisis con cioerta prudencia y cálculo. Las especies no humanas no son inteligentes en tanto viven y actúan pensando en su supervivencia y reproducción, lo que no implica que no tengan sentimientos de agradecimiento y cierta empatía. Los humanos somos la única especie viva con capacidad de discernir y sentir de forma trascendente, es decir, podemos pensar, porque hay algo único que nos impulsa a mejorar durante nuestra vida. Además, no tenemos una inteligencia estática, sino una inteligencia moldeable, una especie de músculo que puede entrenarse y desarrollarse.

Todos somos inteligentes individualmente, y lo somos colectivamente como especie por nuestra capacidad relacional y social. Numerosos investigadores han desarrollado varias dimensiones de la mente, como la inteligencia general (Alfred Binet), inteligencia emocional (Daniel Goleman), inteligencia creativa (Mihaly Csikszentmihalyi, Teresa Amabile), inteligencia espiritual (Danah Zohar), inteligencia artificial (John McCarthy, Marvin Minsky), inteligencia social (Howard L. Gardner).

También podemos preguntarnos de qué forma hemos de comportarnos si queremos ser excelentes en el aunamiento de las inteligencias individuales, de forma que el resultado sea mayor que la mera adición de los sumandos, y que además se retroalimenten las inteligencias individuales en el proceso de musculación de la inteligencia. Entramos en la inteligencia colectiva, una dimensión que desarrolla de forma extensa y rigurosa en su libro Amalio A. Rey.

Para entender la inteligencia colectiva en mi opinión hay que considerar 3 partes fundamentales:

  • El propósito: ¿Por qué o para qué nos unimos para sumar nuestras inteligencias individuales?
  • La organización: ¿Cómo funciona mejor la agregación de las inteligencias individuales? Puede ser por jerarquías (una empresa), por personas con igual atribución (una asociación, una cooperativa), por género, etnia, o por geografía (habitantes de un país) o por masa (todos los que acceden a internet).
  • Los procesos: ¿De qué forma y con qué normas interactuarán las personas para conseguir el propósito que se busca?

Si la inteligencia colectiva procede de la aportación combinada de las personas, me interesa especialmente aquella que es colaborativa (inteligencia colectiva colaborativa o ICC), porque puede ser intencionalmente humanista, porque beneficia de forma equilibrada no sólo a los miembros de un colectivo, y porque puede trascender al resto de la sociedad desde un proceso de gestación centrado en las personas. Hay muchas formas de obtener resultados de la colectividad en función de cómo se agrega la información y con qué intención, y no siempre hay ejemplos edificantes. Así, este es un amplio campo de juego para las grandes empresas digitales que trabajan con los datos, que ofrecen soluciones como los motores de búsqueda de Google o las “cámaras de eco” dentro de redes sociales como las antiguas Twitter o Facebook (X y Meta).

Me interesa saber cómo podemos estimular la inteligencia colectiva colaborativa. La autoconsciencia y el libre albedrío son atributos exclusivos del animal social humano, pero el comportamiento gregario también compite contra el pensamiento individual. En un lado, la inteligencia general individual, el conocimiento y las habilidades sociales (recuérdese que no son estáticas sino que pueden muscularse), mientras en el lado opuesto el pensamiento de grupo aporta calorcito y cuesta menos, porque en general nos tranquiliza sentirnos parte de una corriente y además, se evita el coste de informarse y educar el propio albedrío.

De ello no hay que colegir que lo individual sea bueno y que el seguidismo sea malo, sino solamente que la mejor inteligencia colectiva colaborativa es como una bella planta, esquiva, que florece a partir de mejor mezcla de los ingredientes de suelo y del clima.

En un proyecto de inteligencia colectiva colaborativa, ¿cuánto mejor es el resultado comparado con la suma de los talentos individuales? Aparentemente existen pocas evidencias empíricas y métricas con carácter general, pero primero hay que aclarar la pregunta que tratamos de responder.

¿Es un club de futbol un proyecto de inteligencia colectiva colaborativa? ¿Puede serlo un semillero de empresas en Alicante? ¿Es un club de debate filosófico un proyecto de inteligencia colaborativa? Mi respuesta contundente es un sí sin paliativos, pero cada uno ha de tener su concepción, o medida, de qué significa tener éxito. Para el club de fútbol podrá ser aprovechar la suma de los talentos individuales para, con un menor presupuesto, conseguir una mejor clasificación. En el caso del semillero de empresas el éxito se podrá medir por el número de empresas que crecen por encima del resto o por el número de empleados que contratan. En el caso de un club de debate, yo sugeriría que la satisfacción de los miembros en esencial, que más personas se sientan atraídas y que los debates continúen y crezcan.

Sí creo que los procesos “a”fectivos, no solo los procesos “e”fectivos de relación, son claves en el estímulo de la inteligencia colectiva colaborativa. Sentimientos de propósito compartido, de interacción significativa, de pertenencia, espacios de seguridad y de amabilidad, incluso de crecimiento individual, estimulan la multiplicación de las inteligencias (Howard Gardner, las inteligencias múltiples).

La inteligencia colectiva colaborativa es tanto más necesaria cuanto mayor es el alcance social del problema a resolver, y sin embargo, es ahí cuando más predomina la competición, el pensamiento de grupo y la individualidad no compartida. Cuestiones como el cambio climático, la convivencia pacífica y el progreso de las naciones se abordan todo lo más desde las instituciones supranacionales en la medida en que el resto respeta sus resoluciones, pero desafortunadamente cada vez más predominan los intereses egoístas de nación o las creencias no compartidas, sea por diferentes religiones o sistemas de valores. El inmenso capital social que es la Humanidad se dispersa y compite en un proceso darwiniano de lucha y desgaste, donde sin embargo y pese a etapas de oscuridad que han durado siglos, la Humanidad no ha dejado de progresar.

Cualquier intento de estimular la inteligencia colectiva colaborativa para crear efectos a escala necesita de la tecnología digital. Las redes digitales han de usarse como medio para el propósito en lugar de ser el objetivo. Aún recuerdo el gran mensaje de promesa de la sociedad colaborativa que preconizaban libros como “La sociedad de coste marginal cero” de Jeremy Rifkin, que utilizaban las bondades de la Ley de Moore para incrementar la velocidad de computación, acercando arrendadores de viviendas vacacionales a personas que buscaban un alquiler a través de plataformas como Airbnb. Infinitos de datos y afectos virtuales vacíos de contenido que dieron lugar a conglomerados empresariales que aprovecharon, a través de modelos de plataforma digital (marketplaces), para cubrir necesidades de una forma más eficiente para los usuarios.

Si en un modelo que busque la inteligencia colectiva colaborativa han de estar presentes los afectos, la tecnología digital no ha conseguido ni creo que consiga sustituir los afectos inter-humanos, por mucho que experiencias sensoriales en el futuro metaverso nos digan lo contrario. Será una conexión de mentes en soledad, una especie de danza virtual de nuestro yoes digitalizados o avatarizados.

No significa eso que la tecnología digital sea incompatible con la inteligencia colectiva colaborativa, sino que hay que saber qué puede hacerse con ella para “escalar los afectos”, y qué parte queda en las interacciones puramente humanas (de aquí se podría inferir que la creación de afectos en un grupo es cosa sencilla, y nada más lejos de la realidad). La efectividad de la interacción depende, además, del respeto a las reglas de participación porque junto con los afectos, son la cultura del grupo. Ello, a su vez refuerza el sentido de pertenencia, algo así como “nosotros actuamos de esta manera”.

En mi opinión, una red distribuida más que una jerarquía es la organización más apta para generar inteligencia colectiva (Amalio Rey le llama modelo descentralizado de construcción colectiva). En este contexto, la inteligencia artificial debe ser un aumentador de la inteligencia humana más que un sustituto. Hoy existe un gran miedo de que la inteligencia artificial sustituya trabajos humanos, pero no hay otra solución que avanzar los procesos de inteligencia humana para que la inteligencia artificial esté a nuestro servicio.

¿Cuál debe ser la composición de un grupo humano que persigue un propósito de inteligencia colectiva colaborativa? Este es un tema central y depende del propósito en cuestión, pero no sólo por cuestiones de qué es más efectivo, sino qué mecanismo es más afectivo para ganar el corazón de las personas cuando se solicitan piden sacrificios.

Por ejemplo, en la democracia parlamentaria las leyes aprobadas pueden implicar en ocasiones un cambio relevante en la vida de las personas como consecuencia de un requisito de un programa de ayuda internacional condicionado a la aprobación de ciertas cláusulas (Amalio Rey traza un interesante paralelismo con el llamado “caso Varoufakis”). Es comprensible que en ocasiones se realicen referéndums o sondeos consultivos para informar a la población y que ésta pueda pronunciarse con mayor criterio. El criterio de los expertos es necesario en los procesos de inteligencia colectiva más complejos o donde hay menos interacción personal. Me atrevo a decir que los ejercicios de inteligencia colectiva colaborativa más ricos provienen de la mezcla efectiva de los participantes, tanto expertos como personas que añadan riqueza por procedencia, o experiencia, pero una vez más, la clave está en cual es el propósito del grupo.

Amalio Rey lista hasta 12 retos para disparar el “potencial colectivo”, de los cuales me gustaría destacar los siguientes como claves para fomentar la inteligencia colectiva colaborativa:

  • Creatividad: dispara la generación de ideas creativas que aporten enfoques inesperados
  • Complejidad: gestionar la incertidumbre en la búsqueda de de soluciones a problemas perversos
  • Rompecabezas plurales: combinar piezas complementarias para un mejor diagnóstico y coordinación de las acciones
  • Reputación: generar indicadores de confianza o señales de reputación donde hacen falta y no las hay
  • Conocimiento compartido: mejorar la gestión del conocimiento disperso
  • Economía colaborativa: optimizar el uso compartido de recursos y capacidades, pero evitando los errores de concentración en plataformas
  • Socialización: crear capital social y cultura comunitaria en ámbitos donde mejoran el bienestar
  • Legitimidad: acordar normas de uso de bienes comunes o públicos que sean aceptados por todas las partes

Una cuestión final tiene que ver con el diseño de los procesos de inteligencia colectiva colaborativa, y que está indisolublemente ligado al propósito. Es decir, hablamos del cómo. Si ya sabemos el propósito, por qué no diseñamos todo el proceso y sus interacciones de forma que se maximicen las inteligencias individuales? El diseño es un concepto que proviene de la arquitectura y de la moda y tiene que ver con lo atractivo y efectivo (que también tiene un impacto en el afecto), pero sin duda una “mentalidad de diseño” aplicada puede convertir a la inteligencia colectiva colaborativa en un experimento más exitoso.

Algunas cuestiones finales:

  • ¿Es la inteligencia colectiva colaborativa es compatible con los valores de cualquier tipo de grupo u organización? Sin duda es bastante más complicado en grandes organizaciones o en entidades con ánimo de lucro, y habrá que ser cuidadoso de no pervertir los principios de confianza que sustenta un ejercicio de inteligencia colectiva colaborativa.
  • ¿Hasta dónde se puede ser colaborativo en un mundo cada vez más competitivo?
  • ¿Cómo escalar la afectividad, clave de la motivación de colaboración, en un mundo dominado por interacciones virtuales como son las redes digitales?

Hay todo un mundo de posibilidades de aplicación de la inteligencia colectiva colaborativa para mejorar la vida de las personas.

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Enrique Titoshttps://www.elalcazardelasideas.es/
Enrique Titos Martínez, (Granada, 1960). Casado y padre de 4 hijos. Economista graduado en UAM Madrid, postgrado en IESE Business School y en Kellogg Business University (EEUU). Ha desarrollado una trayectoria directiva en seis grupos financieros, el último en Barclays Europa y siempre relacionado con áreas financieras, de tesorería y seguros. Actualmente realiza consultoría e inversiones en proyectos relacionados con cambio de modelos de negocio por razón de la tecnología, tras reorientarse con cursos sobre Fintech y Criptomonedas en el MIT, formaciones digitales y de consejos de administración en The Valley DBS y Escuela de Consejeros. Es Consejero Asesor en la empresa Fellow Funders, Consejero Independiente de QPQ Alquiler Seguro SOCIMI y promotor de Consejos Asesores de Innovación Abierta (CAIA) en compañías establecidas como CASER Seguros. Miembro del Consejo Académico de la Fundación Fide, Director del Grupo Dinero Digital y Sistemas de Pago de Fide, Jurado de los Premios Knowsquare y fundador del Club de Lectura Know Square, y del Cineforum Mensajes de Cine.

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